Mi técnica favorita de entrenamiento para mi nuevo cachorro se llama "tranquilo". Me siento con el pie en la correa del perro, cerca de su collar para que no pueda levantarse, lo que lo obliga a tranquilizarse. Esto lo mantiene alejado de los problemas por un tiempo y me da un poco de paz y tranquilidad. Se supone que debo hacer esto durante unos 20-30 minutos cada día. Al principio se resiste mucho, tirando de la correa, mordiéndome los pies y lloriqueando, pero después de un tiempo simplemente se calma. Después de unos días, los tirones y la resistencia disminuyen cada vez más hasta que simplemente se tumba voluntariamente. Muy pronto, solo tendré que decirle "tranquilo" y lo hará solo, sin correa.
Como todo lo que estoy aprendiendo a través de este proceso de formación, me da mucha información sobre la formación de los niños. Mis alumnos, al igual que mi cachorro, están llenos de energía. Son capaces de aprender muchísimo en muy poco tiempo, pero también pueden ser increíblemente destructivos, por no decir realmente molestos. Son pequeños seres caóticos por naturaleza, incapaces de gestionar su propia energía y sin mucho interés en hacerlo; ¡es mucho más divertido hablar y jugar!
No basta con decirles que se queden quietos: todos los días tengo que “calmarlos” por un tiempo, manteniendo mi pie en la proverbial correa. No les permito levantarse, moverse, levantar la mano, ir al baño ni tomar algo mientras trabajan en una tarea. Utilizo la firmeza, mi posición como su maestro y las consecuencias para que se sientan incómodos, como si estuvieran "tirando de la correa". Mientras están sentados, aparentemente restringidos por las instrucciones y restricciones que les he impuesto temporalmente, deben esforzarse por calmarse interiormente, negándose la libertad de hacer lo que les apetezca.
De todas las cosas que una persona aprende en la vida, esta capacidad de calmarse negándose a dar rienda suelta a los deseos, sentimientos, energías y preferencias personales tiene que ser una de las más importantes. Al negarnos a nosotros mismos y retrasar la gratificación de nuestros deseos, nos volvemos más fuertes, capaces de aprovechar nuestras propias habilidades y energías en actividades y objetivos que valen la pena, lo que nos da verdadera libertad.
Inténtalo con tu hijo esta semana. A pesar de que tire y se resista, insiste con calma en que se tranquilice solo un rato cada día. ¡Creo que descubrirás que es un regalo maravilloso para ambos!


