Ser duro - Revista MetroFamily

Ser duro

by Mari Farthing

Tiempo de leer: 2 minutos 

Mi hija es fuerte. De mente, cuerpo y espíritu. Algunos días lo considero una bendición, otros una maldición. Esta fortaleza le está siendo muy útil ahora que está aprendiendo a montar en bicicleta.

Tiene casi nueve años, así que ya pasó la edad en que todos los demás niños del barrio la superan en número. Pero la experiencia le ha demostrado que lo hará cuando esté lista, ni un segundo antes.

Así fue con el entrenamiento para ir al baño (no le digas que te lo conté), y hubo un año bueno y sólido en el que lo único que me salvó de echarme a llorar a diario fue la sabiduría de mis amigos (que me dijeron "¡No empezará el kínder con pañales!", y que conste que no lo hizo. Por poco). Además de abrazos (dados y recibidos), pegatinas (para ella) y galletas (para mí). Quizás también vino (también para mí).

Intento tener esto presente mientras corro por la acera con mi esposo agachado, usando todas nuestras herramientas de crianza para motivarla a seguir adelante... con la vista hacia arriba, no hacia abajo; siéntate erguida, no te inclines; mantén los pies en los pedales o... ¡Uy! Sí, te caerás.
Y se cayó, de una forma espectacular. Esa dureza viene muy bien, porque esta chica se lanza a la vida, dándolo todo y más. Así que, al ponerse en marcha con su bicicleta, pasó por encima del pequeño césped y la acera, entró en la calle vacía y (ya saben adónde va esto), ¡zas!, a gatas sobre el asfalto. No fue nada agradable. Fue ruidoso y doloroso.

Así que la llevamos de vuelta a casa. Su hermano trajo su bicicleta. Le detuve la hemorragia y le mostré que sí, dolía y que sangraba muchísimo. Y sí, lo sé, solo era un raspón, y sería el primero de muchos.

¿Y cómo había llegado tan lejos con solo un rasguño a sus casi nueve años? Entonces nos pusimos a contar historias de nuestras propias heridas de guerra, dolores autoinfligidos a manos de amigos y hermanos, bicicletas y patinetas, y trepar árboles que resultaron en sacar grava de un rasguño gigante con pinzas cuando papá era pequeño, y los enormes rasguños rojos que tuve en las rodillas y la barbilla para las fotos familiares de Pascua un año, cuando era niño. Nos reímos. Ella rió.

Y luego volvió a subirse a la bicicleta.

"¿Quién manda?" Le pregunté mientras la ayudaba a ponerse el casco y le mostraba cómo mantener firme el manillar.

"Yo soy la jefa", dijo en voz baja.

¿Quién manda? ¡Dilo con sinceridad!

Me miró, decidida y un poco asustada, pero sobre todo testaruda. Y lista. "Lo estoy".

Hagámoslo.

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